Depresión y ansiedad… caracoles al rescate

Ene 22, 2025 | Especiales

Aunque pasaron ya años de esa prueba mundial, pandemia, con millones de muertes, las secuelas emocionales siguen.
Martín Carranza

Martín Carranza

Director de PU. Periodista desde hace 32 años. Paralelamente, lleva 18 años como docente universitario.

Agudizaron dolencias del ritmo de vida actual, estrés por las presiones sociales, familiares. La depresión y la ansiedad son dos reacciones emocionales que conviven con nosotros (en distintos grados). Se han hecho “las más populares”, pero muchos no sabemos diferenciarlas. O si revoletean juntas en nuestra mente. Es bueno analizarse y pedir ayuda profesional. En mi caso, el respaldo fueron unos queridos caracoles…

En lo personal, como miles, enfrenté ambas situaciones durante la pandemia. Al temor de perder la vida (tras el diagnóstico Covid), o la de mis seres queridos, se sumó la incertidumbre por la estabilidad laboral. Lo decía Jorge Luis Borges, “la muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene”. Ver irse gente cercana generó cortocircuitos mentales. El ser periodista me ayudó a enfrentar mejor la vorágine del imprevisto… afrontar el día a día, las incidencias. Pero, igual, fue un proceso arduo. Surgieron síntomas físicos de ese intenso conflicto en mi mente. Las amigas riesgosas, Ansiedad y Depresión, andaban sueltas y más alborotadas que nunca.

Ambas son situaciones emocionales inherentes en nuestras vidas. El problema es cuando cobran poder y perturban tu ritmo diario. Y ambas se pueden manejar, con técnicas o -en caso mayor- con especialista o fármacos siempre bajo supervisión profesional. Según el Minsa, la ANSIEDAD se presenta “normalmente como respuesta ante el peligro y es útil para un proceso adaptativo o para protegernos”. Pero, cuando es desproporcionada, persistente y altera la funcionabilidad, se califica como un trastorno de ansiedad que afecta la salud mental. Y según la OMS, “el trastorno depresivo (o DEPRESIÓN) es un trastorno mental que implica un estado de ánimo deprimido o pérdida del placer o interés por actividades, durante largos períodos”.

Hola, Gary


Este reto de sobrevivir, mantener la mente estable a pesar de lo que vivíamos, hizo que todos buscáramos actividades para tratar de estabilizarnos emocionalmente y también laboralmente, sea con emprendimientos u otras actividades. En muchos casos, actividades nuevas, ya que la rutina se acaba de ir al tacho. Encerrados, viendo noticias de muertes por miles, el reto era retomar la vida, en especial la laboral o estudiantil, con lo que había a mano (tecnología, Zoom en muchos casos, fue salvavidas emocional y económico), para tratar de enfrentar el miedo a la muerte. Es bueno valorar (y agradecer) qué hicimos, para que nuestra mente no saliera volando por la ventana.

Va mi catarsis personal. Las plataformas por streaming, películas en casa, fueron ayuda en mi caso. El Zoom mantuvo mi ritmo laboral, como docente universitario y asesor comunicacional, pero seguía esa terrible sensación. Leer, escribir, fueron respaldo. Lo curioso: me llegó una terapia particular… en una lechuga. Una tarde, regresando del mercado, en la cocina, de una lechuga comprada para la ensalada, rodaron por la mesa dos bultos marrones, redondos. Era dos caracoles. Lejos de intimidarse, casi de inmediato, de la concha de nácar de uno de ellos (el más avezado) salió un cuerpo alargado y unas antenitas, empezando el caracolito a recorrer mi mesa.

Mi primera idea, animalista empecinado, fue llevarlos al jardín. Pero, ver al avezado avanzar en la mesa (el otro seguía dentro en su concha), verlo levantar su cuerpo, mirando y quizá preguntándose a dónde diablos acababa de llegar, hizo que (hipersensibilidad, efecto Covid) lo llevara a una caja (junto a su compañero tímido) y les pusiera unas hojitas de lechuga. El otro salió. Ambos se prendieron de la lechuga. Mañana los llevo al jardín. Al día siguiente, el incremento en uso de Internet hizo (curiosidad periodística) que buscara cómo armar un terrario, ver si no es muy absurdo tener caracoles de mascotas. No negocio, de eso había mucha información. Y, además, buscar que no haya alguna ONG radical, fanáticos animalistas, que critiquen esto.

Decidí dejarlos en casa, habilitando un terrario con una caja y mallas. Al día siguiente, ambos caminaban por su terrario. La familia los adoptó. Bautizamos al avezado (el más grande) como “Gary” (rezagos post-adolescencia, por Bob Esponja). Ambos se adaptaron a su terrario, a comer sus lechugas… y se volvieron parte de nuestra vida en pandemia. Sonará absurdo, pero, total, la pandemia era el clímax de lo absurdo y trágico. Todo vale para que la familia sienta algo de la “vida normal” perdida.

Luego, vía Internet sabio, aprendimos que los caracoles son hermafroditas. Pandemia, pánico, Encierro. 2020. Gary y el otro (a) procrearon (recuerden, son hermafroditas). Nidos bajo la tierra, todo registrado, catarsis relajante, la vida desde una visión singular, ante el huaico de muertes. Al poco tiempo salieron de la tierra más de 15 caracolitos. Al final, en casa nos quedamos con unos pocos, los demás se fueron a jardines municipales y parques cercanos. Chau, sean felices. Pasó la pandemia y, tras un par de años, aún hasta hoy tenemos en casa un terrario con unos caracoles.

Cada uno sabe cómo domina sus demonios. Más allá de la familia, el trabajo y el periodismo, el buen Gary, nuestro querido caracol, que cayó de una lechuga y tuvo en valor de salir de su concha de inmediato, fue refuerzo para enfrentar esta etapa tan dura. Fue nuestra terapia contra la ansiedad. Y le agradecemos. Así suene absurdo. Eso nos pasó en casa el 2020. Gary murió en el 2023. Y posó muchas veces para mi cámara periodística (era un figuretti). Ya llegó viejo, pero igual la pasamos bien. Y tuvo herederos. Chau, Gary. Su prole está en muchos barrios, muchos parques. A veces la lección llega de donde menos lo pensamos… a veces llega en una lechuga.

Publicado

enero 22, 2025

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