Por: Jorge Flores, periodista
Él nació un martes 5 de febrero de 2013, a las 12:07 a. m., y antes que naciera, ya me habían botado de la sala de partos, por quitarme mi traje y mascarilla quirúrgica (torpezas de padre primerizo). A la mañana siguiente y luego de dormir en el suelo junto a la puerta de la sala de partos, me hicieron pasar para conocer a mi hijo: un bebé hermosísimo, de labios caramelo; con un ojito cerrado y otro abierto.
“Es un bebé bonito”, dijo la enfermera, mientras le daba oxígeno por una especie de botellón de plástico que se interconectaba con un tubo introducido por su boquita. “Pero sus órganos no están maduros aún. Sus pulmoncitos no tienen la fuerza para respirar. Ven joven, aplaste aquí, luego yo lo haré y así intercalamos…”.
Por cosas que no recuerdo, me alejé de mi hijo. Al regresar a la sala me explicaron: “Señor Flores, el pequeño no aguantó. Lo lamentamos mucho”. Al caminar hacia la incubadora, parecía que me iba a caer; Nicolás estaba ahí, con su tubo respiratorio al costado, con sus manitas inertes. Lloré como nunca mi Vale, tu mamá Ysabel perdió un poco de su vida ese día… pero su manito de Nicolás, aún sin moverse.
Al día siguiente, antes de introducirlo a su nicho, le regalé a mi hijo mi primer poemario “7”, le firmé un autógrafo muy emotivo, e hice que lo abrazara y lo coloqué en su cajoncito. Hasta el último momento esperé y esperé… pero su manito, seguía sin moverse.
