La segunda juventud de Don Segundo

Ene 22, 2025 | Especiales

La muerte de un padre, una madre, lógico, conlleva una carga de dolor… en la mayoría de los casos.
Martín Carranza

Martín Carranza

Director de PU. Periodista desde hace 32 años. Paralelamente, lleva 18 años como docente universitario.

Nada como el contexto adecuado para sustentar un pensamiento. Esa mencionada minoría no solo implica situaciones en que los padres hayan sido entes odiados. Y es que, alejándose de la percepción tradicional, desear la muerte -si la persona implicada así lo solicita- es también una reacción de amor.

Cuando uno pasa las 5 décadas de vida, es común que no solo dejas buena parte de la soberbia e impetuosidad de décadas atrás, sino que empiezas a vivir sensaciones serenas que conllevan al análisis. Y revaloras relaciones, salvo sigas aferrado con uñas y dientes a esa juventud que ya se te fue. Caso personal: provengo de un hogar tradicional, con un padre y una madre que estuvieron juntos más de 50 años. Esta crónica se basa más en Don Segundo, mi papá, tótem de la familia, quien a sus 93 años sigue lúcido, casi siempre. Papá es un hombre que enfrentó estoicamente la enfermedad de su amada, Doña Paquita, más de 25 años, hasta el final. La etapa madura de su vida se le fue entre hospitales, atenciones y presenciar la extinción de su pareja, quien -debido a una enfermedad crónica, terminal- más de una vez, aún lúcida, expresaba su derecho a descansar. A morir. Claro, nunca hubo intención de darle gusto. Aunque, por dentro, más de uno en casa (nunca sabré si Don Segundo) pensaba que un final al dolor de la enfermedad sería un acto humano.

Tras la partida de mamá, hace unos 18 años, el luto de Don Segundo fue radical por casi 12 meses. Pero, aún con vergüenza sobre su total derecho a vivir su vida, ya con más 7 décadas, decidió dejar el encierro, recordar a su amada viviendo y viajando. Viviendo y recorriendo calles, solo muchas veces, dándose antojos, sin depender de reuniones domingueras protocolares familiares, con los hijos. Que ir a la procesión de la Virgen de la Puerta. Que pasear por el Jirón de la Unión. Que agarrar su maletín y sin avisar chapar un bus e irse a Otuzco, La Libertad (de Trujillo pa’rriba), su tierra, a respirar frío seco y rememorar cuando paseaba sus ovejas y sus poderosos cerdos bolanchices, en yanquis, con sus otros 10 hermanos. 9 de los cuales ya se fueron.

Y durante casi dos décadas, la vejez se negó a doblegarlo. Esa vitalidad hizo que los demás nos confiáramos y dejáramos que Don Segundo viva su segunda juventud haciendo lo que quería, sin la debida supervisión que un joven ochentero debía tener. En una escapada a Trujillo, le sobrevino un derrame cerebral que -dentro de lo trágico- tuvo remate ya en Lima, con su familia al lado. Al hospital, diagnóstico reservado, alerta de partida. Pero, de no poder moverse, menos caminar, Don Segundo a las semanas sacó a relucir esa estirpe otuzcana y retomó el control de su cuerpo. Y retomó el andar, no con los bríos de los 70-80, sino con el ritmo cansino de 9 décadas. No se repuso del todo, pero sí más de lo que doctores (y hasta la familia) esperaba.

La pandemia llegó. Don Segundo enfermó de Covid, pero ahí seguía, terco. La cuarentena hizo que los hijos retornáramos al hogar patriarcal para cuidarlo. Y a cuidarnos, como núcleo, ante la ola de muerte que pasó por nuestra calle, pero por fortuna saltó nuestra casa. Mi convivencia, ya con mis 5 décadas encima, otra vez con Don Segundo, en casa, en su peor momento, viéndolo recuperarse, fue una lección de vida. Hoy sigue en la lucha, en su silla de ruedas, levantándose para caminar un rato y luego sentarse a tomar un respiro. En alguna recaída (también le dio un infarto), alguna vez comentó que “deseaba descansar”. Como con mamá, no le hicimos caso, no sin un sentimiento de culpa. Pero supo reponerse y, otra vez, levantarse, confirmar que no para hasta los 100.

Ante la lejanía física de mis propios hijos, temas de la vida, mayores, esta experiencia de volver a convivir con Don Segundo, ya dependiente de otros, es una catarsis. De padre, se volvió hijo. Hace más de un año, cada domingo, salimos a pasear. Trepa su silla de ruedas y escapamos a recorrer la ciudad, a tomar café, a ver el mar, aunque deba abrir más los ojos porque las cataratas le tapan medio paisaje. Ya con mis más de 50 años de vida, sería soberbiamente ridículo pensar que realizo ‘buena labor’, al ‘sacarlo a pasear’. Y es que, en cada paseo, cuando a veces le cambio de sitio para hacer algún malabar en su silla de ruedas, o escucho por enésima vez sus historias, no puedo evitar agradecerle porque, con sus 93 años, es Don Segundo quien me saca a pasear…

Publicado

enero 22, 2025

Categoría

Etiquetas